De la voltea a la docencia: cómo Dana Mathewson volvió a aprender el juego como entrenador
Cuando Dana Mathewson una vez llamó al retiro “la primera muerte de un atleta”, no estaba hablando de una pérdida de amor por el tenis. Ella simplemente se refería al final de un estilo de vida. El viaje constante. La rutina. El enfoque singular en su propia actuación.
Lo que vino después no fue un renacimiento de la pasión, porque esa pasión nunca se fue. Fue un replanteamiento.
Ahora retirada del tenis profesional en silla de ruedas y como entrenadora emergente, Mathewson se encontró de nuevo en la cancha en un rol diferente, uno que le exige frenar los instintos construidos durante décadas y traducirlos a un lenguaje que otros puedan usar.
“Siempre me gustó el tenis”, dice Mathewson. “El entrenamiento, la competición, la estrategia, el aspecto del gato y el mouse. “Lo que me desenamoró fue el estilo de vida”. El entrenamiento la mantiene cerca del juego sin el desgaste de la voltea. Y aunque todavía siente de vez en cuando el impulso de volver a competir, esos impulsos se desvanecen a medida que se enfrenta a un nuevo desafío: adaptar el juego a otra persona.
Del instinto a la instrucción
Como jugador, Mathewson se movía en gran medida por el tacto. Como entrenadora, tuvo que desentrañar esa intuición.
“Lo más difícil fue saber qué ‘idioma’ hablar con cada jugador”, explica. Algunos deportistas necesitan elementos visuales. Otros responden a la metáfora, a la película o a la explicación directa. Lo que funciona para uno puede no ser eficaz para otro.
Para los entrenadores, la moraleja es simple pero exigente: los estilos de aprendizaje importan. El trabajo no consiste sólo en mostrar técnica: se trata de descubrir qué es lo que motiva a un jugador y luego adaptar en consecuencia. “Intento registrarme con frecuencia y analizar la situación”, dice Mathewson. “No soy perfecto en eso, pero esa conciencia es parte del trabajo”.
Movimiento, memoria y el juego de la silla de ruedas
El tenis en silla de ruedas presenta desafíos únicos que los entrenadores sin discapacidades pueden no reconocer de inmediato. Una de las más contraintuitivas es la anticipación. Los jugadores en silla de ruedas a menudo tienen que dar la espalda a la cancha durante un punto, algo que va en contra de todo instinto visual.
La clave, dice Mathewson, es nombrar esa incomodidad y comprometer a repetirla. “Apartar de aquello a lo que necesitas responder se siente mal. Pero los ejercicios y la repetición crean familiaridad. “Con el tiempo se convierte en memoria muscular”.
Cuando se trata del entrenamiento de movimiento, ella recomienda a los entrenadores ejercicios de araña o ejercicios de eje, configuraciones simples que reflejan patrones de cuerpos sanos mientras enfatizan la diferencia crítica: cómo un jugador voltea la silla para crear ángulos diagonales. Estos ejercicios son fáciles de encontrar y de mostrar, pero el detalle técnico es donde se produce el progreso.
Lo que los entrenadores deberían (y no deberían) tener
Un área que Mathewson tiene cuidado de no simplificar demasiado es la configuración de las sillas. Para los entrenadores que son nuevos en el tenis adaptado, advierte que no deben asumir la responsabilidad del ajuste.
“La configuración de las sillas es increíblemente personalizada”, afirma. Si bien los entrenadores experimentados pueden detectar eventualmente inestabilidad o problemas de tamaño, desde el principio la mejor decisión es conocer los recursos. Los fabricantes y especialistas pueden encargar de las instalaciones, a veces incluso por video. Los entrenadores apoyan el proceso conectando a los jugadores con los expertos adecuados, no adivinando.
Ciencia, terquedad y el juego mental
Mathewson tiene un doctorado en audiología, y esa formación científica se refleja en su formación. Ella busca el “por qué” detrás de los problemas de rendimiento, disfruta resolviendo problemas y tiende a prosperar con jugadores de alto rendimiento que buscan ajustes precisos.
También es conocida por su determinación. ¿Se puede mostrar esa dureza de bulldog?
“No de la nada”, dice ella. “Pero si ves destellos de ello, puedes desarrollarlo como cualquier otra habilidad”. La mayoría de los jugadores serios tienen cierta tenacidad; el papel del entrenador es aprender a canalizarla productivamente.
Ese equilibrio, ese apoyo y ese empuje le fueron mostrados desde muy temprana edad por su madre, quien la introdujo al tenis a los 13 a pesar de sus dudas. Se reconoció el miedo, no se desestimó, pero no se permitió que dictara el resultado. “Me hizo sentir seguro, pero aún así me desafió”, dice Mathewson. Eso me mostró que de situaciones engorrosas pueden surgir cosas buenas”. Es una lección que, en su opinión, los entrenadores modernos deberían llevar adelante.
Estableciendo un estándar para el tenis en silla de ruedas
El tenis en silla de ruedas en Estados Unidos todavía puede parecer una novedad a nivel de clubes. Mathewson cree que la normalización comienza con la exposición y el tratamiento diario.
“Los entrenadores deben tratar a los jugadores con discapacidades de la misma manera que tratan a los jugadores sin discapacidades”, afirma. Con el tiempo, esa coherencia elimina la etiqueta de “especial” e invita a la participación. Ella anima a los clubes a que permitan a los jugadores sin discapacidades probar el tenis en silla de ruedas. Sentar en una silla cambia la perspectiva rápidamente y genera apreciación.
Otros países demostraron lo que la visibilidad puede lograr, señala, señalando el cambio posterior a Londres 2012 en el Reino Unido. Con LA 2028 en el horizonte, tiene la esperanza de que Estados Unidos siga su ejemplo.
Para Mathewson, capacitar no es un acto secundario luego del tenis. Es otra forma de profundizar en el tema, basada en la curiosidad, la adaptación y la creencia de que el juego es mejor cuando más personas sienten que pertenecen a la cancha.